Profesional

A parte de los estudios reglados que he tenido que seguir, como todo médico durante la carrera, y como todo psiquiatra durante la formación en la especialidad, han ido surgiendo en mi inquietudes, lecturas y formaciones complementarias, que han ido esculpiendo mi mirada, mi forma de entender lo que significa el sufrimiento psíquico y la forma en que las personas con un rol de acompañamiento como trabajadores podemos colocarnos para, primero, no hacer daño, y después, facilitar que las capacidades y la salud de las personas y los grupos se desarrollen el máximo posible.

Hay tres pilares, para mi íntimamente relacionados, que han sido fundamentales durante mi formación y el desarrollo de mi trabajo como psiquiatra:

1. Corrientes sociales y humanistas.

El primer autor que conocí durante la carrera de medicina y que me enamoró con su discurso fue Erich Fromm. Libros como El arte de amar, El arte de escuchar, El miedo a la libertad…fueron una atracción hacia el mundo del sufrimiento psíquico y el acompañamiento, una visión generosa hacia el género humano, centrada en sus posibilidades y en la esperanza, así como también en los núcleos de sus dificultades, centradas en el aislamiento progresivo al cual nos vemos sometidos en nuestras sociedades actuales.

Intimamente relacionado con Erich Fromm encontré a Karen Horney y especialmente a Harry Stack Sullivan, autor poco conocido que me impresionó durante los primeros años de mi residencia de psiquiatría por ser el primero que centraba, ya allá por los años 30, las causas de la llamada “esquizofrenia” en las relaciones interpersonales y en las historias traumáticas de las personas así diagnosticadas. Las relaciones y el entorno social como generadores de salud y sufrimiento. Nuestras redes y nuestras condiciones de vida.

Como residente de psiquiatría fui consciente de la dificultad que suponía para el sistema la existencia de personas con sufrimientos tan intensos que acababan siendo diagnosticadas de “enfermedades crónicas”. Un claro reto que las insuficiencias estructurales de la institución y las carencias afectivas y formativas de los trabajadores (según mi punto de vista), acababan abandonando por imposible. ¿Imposible? Ya antes de la biologización de la psiquiatría y la aparición de los psicofármacos, muchas personas acompañaban y ayudaban a personas en estados tan extremos de sufrimiento sin la necesidad de drogas, recurriendo a lo más potente que tenemos: la relación humana. En este sentido es impactante leer a autores como Frieda Fromm-Reichmann (que estuvo casada con Erich Fromm) y su trabajo con personas en estados de sufrimiento intenso y prolongado, que durante esas épocas pasaban ingresados muchos años en instituciones psiquiátricas. Frieda señaló claramente cómo las dificultades de comunicación y recuperación de las personas en esos estados provenía no de algún tipo de problema, trastorno o enfermedad de esa persona, sino de los modos de relación y comunicación que los trabajadores establecían con ellas, así como de las características de la institución (sociedad).

Estos autores, con su visión más social del sufrimiento psíquico, fueron la puerta de entrada al grupo de autores de la llamada “antipsiquiatría”, segundo pilar de mi desarrollo como psiquiatra.

2. La llamada “Antipsiquiatría”.

El primer autor y el que más huella dejó en mi, no se identificaba directamente con ese movimiento y nunca se calificó a sí mismo como tal. Era Ronald Donald Laing. A mi entender son dos los ejes centrales de este movimiento.

El primero, una crítica radical del andamiaje conceptual de la psiquiatría. Descentralizando el foco de lo biomédico para pasar a las relaciones, a la sociedad y a las estructuras de poder, realizando una crítica feroz sobre los regímenes económicos que generan desigualdades y alienación y, por lo tanto, ingentes cantidades de sufrimiento humano.

El segundo, una puesta en marcha práctica de cambios sobre el sistema institucional (los movimientos de reforma psiquiátrica, la desmanicomialización de la “enfermedad”, vinieron de la mano de estos movimientos) y de alternativas al sistema vigente. Opciones que todavía ahora estamos en proceso de poder crear, como lugares de reposo alternativos a las hostiles unidades de hospitalización de psiquiatría para poder transitar las crisis de una forma más humana y amable.

No voy a entrar en las contradicciones de este movimiento. Tan sólo señalar las grandes dosis de pensamiento y acción colectiva sobre el sufrimiento psíquico que personas tan dispares como Laing, David Cooper, Thomas Szasz, Franco Basaglia…pudieron cultivar, y que sería importante recuperar para ampliar la estrecha mirada que se tiene desde la psiquiatría tradicional que todavía impera en las instituciones públicas de occidente.

3. Las corrientes grupales: Grupo operativo (Enrique Pichón-Rivière) y Grupoanálisis (S. H. Foulkes).

Ya desde el inicio de la formación como psiquiatra me sentí muy conectado con las visiones grupales del malestar de las personas. Visiones que engloban de alguna forma los principios de los dos pilares anteriores: el orígen del sufrimiento está en la historia de relaciones de las personas y en la forma presente en la cual nos relacionamos, y que el contexto social directo e indirecto son fundamentales a la hora de condicionar todo lo anterior. Desde estas corrientes no existen los problemas individuales; éstos siempre tienen que ver con los otros y con nuestra forma de vida y la sociedad en la que vivimos.

Así entendido, los espacios más privilegiados donde poder observarnos y conocernos como seres humanos y donde poder entender las razones de nuestro malestar, son espacios grupales. Y también son esos lugares los más adecuados para econtrar respuestas a esos malestares, respuestas que siempre pasaran por los cambios colectivos de esas circunstancias y por la mejora de nuestas redes de relación y nuestros lazos con otros seres humanos.