Personal

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No puedo trabajar con personas, con familias, con sus historias, sus dolores, sus miserias, sus penas y sus ilusiones, si no puedo a la vez traer las mías, que siempre están presentes, para ver en qué medida en ese encuentro podemos salir todos un poco más reparados, un poco más esperanzados y con algo más de luz para esos días en que parece que las sombras vienen a cazarnos.

Así que por qué no hablar de mí, de mi historia, de por qué he acabado haciendo lo que hago, y por qué es ahora cuando puedo dar este paso de abrirme a ofrecer mi trabajo de otra forma.

Nací en Vigo un 23 de mayo de 1978. Soy el pequeño de 3 hermanos. El único gallego de la familia (el resto asturianos), y mira tú por dónde, alérgico al marisco. Anda que no ha dado para reírse a más de uno esta broma del destino.

Mi historia familiar me llevó de pequeñito a colocarme en un papel de cuidado de los otros, casi como si mi infancia se hubiera esfumado a base de necesidades ajenas y mi niño se hubiera visto obligado a asumir funciones que en ese momento no le tocaban. Más maduro de lo que me correspondía para mi edad, un cuidador nato, más centrado en los otros que en mi mismo, o podríamos decir que centrado en mi a través de la única forma que pude aprender entonces: estar en los otros, mediar en los conflictos externos, pacificar el ambiente y calmar las tensiones que se producían a mi alrededor.

Durante mis primeros años de vida hasta la universidad estudié en un colegio de jesuitas de la ciudad donde nací, y eso añadió aún más capas a esa autoimagen bondadosa, generosa y de ofrecimiento a los otros, incluso de “salvador”.

Con esta masa madre la relación con mi entorno ha estado en general dentro del mismo molde: me convertí en alguien que escuchaba mucho y hablaba poco, que intentaba cubrir las necesidades de los otros y acompañar sus dificultades pero que no expresaba mis necesidades ni mostraba mis fragilidades (porque se habían tenido que esconder muy adentro), en definitiva, me forjé un carácter de “ayudador”, que en el lenguaje de la gestalt y el eneagrama de los nueve tipos sería “un tipo dos de libro”.

Ya con 15 años me planteaba que quería ser psicólogo, pero en ese momento me obligaban a ir por letras para acceder a esa posibilidad más adelante y mis experiencias educativas en esos campos no habían sido muy estimulantes sino todo lo contrario, así que entró en mi cabeza la posibilidad de estudiar medicina. Dos imágenes venían a mi mente: “ser médico de pueblo o psiquiatra”.

Y es así que acabé en una carrera como la carrera de Medicina, con fuertes expectativas de lo que podría ser ayudar a los otros, cuidar de los otros, curar a los otros…

De eso hace 20 años. Entrar en la carrera de Medicina fue para mi un duro choque de realidad que todavía tiene sus secuelas. Todas las expectativas y las imágenes que tenía de lo que “debería ser” un aprendizaje para ser médico (en esas coordenadas en las que yo me había forjado) se rompieron de golpe. Me encontré con un ambiente deshumanizado, elitista y competitivo. En las primeras clases algún catedrático nos exhortaba a sentirnos “la élite de la sociedad”. Ingentes cantidades de información sin rastro de personas (el primer contacto con lo que tenía que ser nuestro objeto de estudio fueron cadáveres o trozos de vísceras). Y, cuando unos años después empezábamos a estar en contacto con personas reales en situaciones reales (las llamadas prácticas hospitalarias), mi vivencia de la deshumanización de la medicina era tan intensa, que sufrí verdaderos calvarios para poder ir sacándome las asignaturas y las prácticas correspondientes, no por falta de capacidades sino por la intensidad de mis luchas internas y de las contradicciones que vivía.

Así que mi formación en Medicina, a grandes rasgos y exagerando un poco, fue tomar contacto, una vez más, con la deshumanización estructural de una sociedad a la que le faltan grandes dosis de solidaridad y de pensamiento y acción colectivas. Y eso en un lugar donde yo creía que se tendría que enseñar humanismo, humanidad y herramientas, no sólo técnicas, sino sobre todo afectivas.

Aprobar la carrera fue para mi una liberación y el inicio de otra etapa, que podríamos decir sería un eco de la anterior. Rotas las fantasías de ser médico de pueblo y porque las circunstancias personales también acompañaron, me decidí a ser psiquiatra y comencé una formación que duraría 4 años.

Supongo que cada uno se encuentra las cosas que está abierto a recibir. Durante esos 4 años de formación, pude observar con asombro y angustia el nivel de deshumanización, de maltrato y abuso hacia las personas que realizamos diariamente en los sistemas de salud mental, algunos claramente visibles, como son las contenciones mecánicas, que se realizan diariamente en todos los hospitales del país, otras veladas, silenciadas, entremezcladas entre paternalismos y buenas intenciones, y sustentadas en un supuesto conocimiento científico que se desmorona rápidamente.

En ese tránsito me encontré con personas y autores que me abrieron campos nuevos desde donde mirar al hombre en toda su amplitud.

El proceso que he hecho lo largo de los 10 años de carrera y formación como psiquiatra ha sido el de poder digerir la realidad que estaba viviendo y poder encontrar mi lugar dentro de este sistema. Ha sido un proceso de desenfadarme con mi rol, íntimamente relacionado con la reparación de mis daños internos en relación a mi historia familiar.

Actualmente me encuentro en un punto en el que puedo ver con más claridad la función de mi rol de psiquiatra no sólo desde el punto de vista crítico. Puedo ver la función saludable que puedo desempeñar, y eso me abre un campo de acción nuevo que espero poder desarrollar en los próximos años, en esta época que se abre con este proyecto personal.