Ponte En Mi Piel

o Mi aRe(l)(b)ato contra las contenciones mecánicas

 

Hoy  día 22 de julio de 2017, durante la tarde-noche, en Benicarló, hay un encuentro con un título especial: EN MI PIEL, Jornadas de sensibilización humana.

Allí estarán compañeras activistas en salud mental a las que me gustaría haber acompañado, y a las que me gustaría haber conocido para seguir tejiendo redes de transformación.

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Al final he decidido no ir, pero las sincronicidades han vuelto a llamar a mi puerta y aprovecho para compartir  un pequeño relato que he presentado para un certamen (II Certamen de Relato Breve “The Art Factory INC.), y que lleva por título “Ponte EN MI PIEL”. Así, podré estar presente de alguna forma.

Espero que poco a poco podamos ir aprendiendo a ponernos en nuestra piel, para poder ponernos en la piel de los otrxs.

Salud, Fuerza y Alegría, compañeras!

 

Os dejo con el relato:

“Ponte en mi piel. Con seis años un hombre comenzó a entrar en mi habitación. Sentía un cuerpo gigantesco, un calor viscoso me atrapaba y nada más. Asco. Un odio que se fue tan al fondo que casi me cuesta recordarlo. Es fácil mirarme desde ahí. Sentado. Ojeando palabras absurdas, escritas por otros tantos hombres absurdos, sentados en sus sillas, detrás de sus mesas, esas que os protegen, a ti también, de sentir. Sentir de verdad. Sentir mi piel. Ese ácido que me ha ido corroyendo la vida a bocanadas lentas, persistentes.

No soy capaz de abrir la boca. Una voz no para de decirme que no eres de fiar, que sólo te importan tu silla, tu mesa, tu sueldo a fin de mes y que no se altere mucho tu aparente calma de hombre normal. Crees que me ayudas. Yo creo que realmente no quieres ayudarme. Mi voz también lo cree. Y yo, la creo a ella. Porque tu no me miras desde dentro de tu piel. Como mucho tus pestañas, una sonrisa hueca hecha de barro cocido. Me preguntas cosas extrañas. No te siento ni dentro de este despacho, cubículo perpetuo en esta cadena de montaje de despachos que pretenden creer que ayudan a otras pieles. Un círculo in(v)(f)ernal.

Ecos de palabras, bailes de símbolos sin alma, vaivenes de vientos y soplidos que no llegan. Asco. Soledad de cristales molidos que nunca llegan a mis ojos. Temo explotar y que mis lágrimas inunden el mundo y nos ahoguemos en ellas. Acumulo el dolor de todas las niñas y todos los cuerpos que han sido arrancados, destrozados, por cuerpos gigantescos y sudorosos. Mi voz me protege de ti, y de todos los que sois como tu.

Con doce años todo acabó. El infierno cambió de color y de nombres, aunque los hombres sudorosos continúan masticándome las vísceras. El primer día que ingresé en el hospital recuerdo el calor del sol en mi nuca, los brazos doloridos de apretados por dos hombres policías, yo los veía como asesinos que me llevaban a la muerte, a la violación más infinita de mi ser, en algún lugar oscuro, como esa habitación donde solo escuchaba jadeos y amenazas si decía algo.

Ponte en mi piel. Mi daño repetido como un eco hecho de martillos golpeando, tus brazos agarrándome pensando que me proteges mientras yo siento que me violas, que me llevas otra vez al purgatorio de mis miedos más terribles. Me meten en una ambulancia, por el camino creo que soy ya un cadáver, mi voz me dice que no debería estar ahí, que quieren acabar con mi vida, que nadie me quiere. Yo los miro. Ya estoy atada en una camilla después del forcejeo. Mi mente se nubla, creo que me han pinchado algo. Quizás esté muriendo. Abusarán de mi. Lo sé. Siempre ha sido así. Mi voz me dice algo que ya no logro comprender.

Me despierto atada en una cama. No estoy muerta. O sí. Me duele todo el cuerpo. Las paredes y el techo se mueven. Me siento mareada y asustada. No puedo moverme. Empiezo a gritar. Salen de mi garganta cosas indescifrables hechas de sudor y rabia y asco profundo. No sé dónde se ha ido el miedo. Vienen muchas personas que no logro entender. No me entienden. Solo ven un cuerpo magullado que grita. Estoy loca. Me pinchan dos veces hasta que me vuelvo a dormir.

Ponte en mi piel ¿Acaso te has parado a olerme? ¿Te has parado a respirar conmigo? ¿Me has mirado realmente? A mi. Este amasijo de hierros torcidos como escudo para mi daño más frágil. No quieres saber de mi. Veo en tu rostro que no soy más que otro engranaje de tu día a día. Incluso cuando pareces escucharme estás en otra parte. Me dices cosas que no entiendo. Diagnósticos y tratamientos. Fórmulas y divisiones que me precipitan en pedazos hacia otra configuración en la que mi historia es un algoritmo que se mimetiza con tu deseo. Mi voz es la única que realmente sabe. Y tu no quieres saber de ella porque me ves enferma.

Después todo ha sido una cadena. Eslabones de sucesos y repeticiones de cuadrantes. Ángulos y cortes. Flujos de personas y violencias cíclicas. Drogas y despachos afilados con sus miradas opacas, ojos como cámaras de vigilancia en vez de puertas al alma. Mucho silencio. La reproducción de los sudores y los miedos. Soledades intentando agarrarse a la luna. En algún momento intento salir pero no puedo. Mi voz sabe que nadie quiere escucharme realmente. Y puede que ya no haya tiempo para mi.

 

Cada día, en la mayoría de los hospitales psiquiátricos europeos, son atadas a las camas miles de personas en estado de sufrimiento psíquico. Una gran mayoría han sido víctimas de violencia, abusos u otras situaciones de trauma extremo y/o repetido. La llamada contención mecánica, protocolizada perversamente como intervención terapéutica, retraumatiza a las personas, con más violencia, justo cuando están reviviendo esos traumas en los momentos de crisis. Ya es hora de que este hecho, invisibilizado para la sociedad, sea conocido por todas las personas para que se produzcan cambios drásticos en las intervenciones, todavía la mayor parte de las veces deshumanizadas, de la psiquiatría actual.

Ponernos en la piel de otra persona que está sufriendo psíquicamente nada tiene que ver con atarla a una cama o medicarla (drogarla) en contra de su voluntad. Hay otras maneras. Todo pasa por la piel. Sentir la piel de ese otro que tenemos delante. Sentir nuestra piel. Ponte en tu piel. Ponte en su piel.

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