Àgoras y Silencios: Una crónica

Madrid, 30 de marzo de 2017.

Giovanna Del Giudice i Franco Rotelli (compañeros de Franco Basaglia) han venido para explicar, en diferentes actos y con diferentes formatos, el proceso de cierre de los manicomios en Italia, las luchas sociales que llevaron en aquella época, las que siguen llevando en la actualidad… Realizan además visitas a centros públicos y privados de la Comunidad de Madrid.

El jueves a las 19 hay convocada una reunión, en principio de colectivos activistas en Salud Mental, para compartir inquietudes y el estado actual de la cuestión en esta parte de Europa. Llego del tren justo con tiempo para tomarme una cerveza antes de empezar y recorrer el Matadero de Madrid, gigantesco(s) espacio(s) reconvertido para la vida cultural de la ciudad.

Nos reunimos en la sala Terneras, pienso en la sincronía con el estado de efervescencia social que siento últimamente en este (y otros) campos de lo humano. Algo joven y hermoso vuelve a nacer. Otra vuelta de espiral en la historia. Esta vez participo de ella, no sólo la he leído.

La sala es amplia y diáfana. Hay un círculo central de sillas. Nada más. Un Ágora donde sentarnos a compartir. Cuento casi 60 personas, en equilibrio de género. Lo que parecía un encuentro activista se tiñe con otros colores, para dar más riqueza al encuentro. Representantes de instituciones de salud mental de Madrid, tanto de la esfera pública como asociativa, se acercan a escuchar y compartir con Franco i Giovanna.

Tras la presentación del espacio por parte del equipo moderador, comienza un baile en que Giovanna y Rotelli, comparten cómo fue el proceso que llevaron a cabo en Italia Basaglia y todos los profesionales que lucharon la batalla contra los manicomios y su encierro con la máxima: “La libertad es terapéutica”.

Me llama la atención como señalan la importancia de encontrar “técnicos y políticos inteligentes” que puedan unirse por una “ética” con la que poder cambiar las cosas. La necesidad de los cambios estructurales, legales, administrativos, políticos, burocráticos, en fin, macropolíticos, como palanca fundamental para el cambio.

El primer aplauso, blando y tímido, del grupo se produce cuando Giovanna acaba una frase con la necesidad, para los trabajadores de este campo, de “no perder la capacidad de indignarnos ante la violencia”.

Qué pasa, me pregunto. Yo no he tenido ganas de aplaudir. Y no dejo de indignarme ante la violencia diaria en los sistemas de salud mental. Y aunque trate cada vez más de alejarme de los lugares donde la violencia es más explícita, no acabo de poder cabalgar la contradicción sin romperme por dentro…

Se da paso a las preguntas y al debate, “¿Cómo recibió la comunidad la externalización de los pacientes?”

La violencia del manicomio parece difuminada. Pareciera que pertenece a otras épocas, por momentos asisto como a una clase de historia, me imagino la época en que los locos salieron de los manicomios con esas personas que los acompañaban en la comunidad. “La comunidad es la clave”, Giovanna insiste en ese lugar. Presencia en la comunidad, el establecimiento de vínculos… El manicomio parece una palabra lejana del pasado que nos empeñamos en enterrar. Casi como si la violencia de la psiquiatría fuera cosa de la historia.

Y de repente una voz me arrastra al centro del ágora. Se hace el silencio. Esa voz interroga a Giovanna: “¿Como conseguir que se impliquen los técnicos?¿Qué condiciones sociales y políticas condicionan esa implicación?

Digestión, ruidos de tripas y silencios. En esos segundos se abre un espacio interno y comienzo a rebuscar en mi cotidianeidad. Tan solo veo pirámides de poder, geometrías jerárquicas donde las esferas de la colectividad se fragmentan y se destruye la intersubjetividad que nos sustenta y nos alimenta. Abusos más o menos encubiertos. Encubrimientos y silencios amontonados por miedos, por intereses personales, supervivencias varias…¿Ética?

Giovanna está acabando de responder a la pregunta, está diciendo que este proceso es “una batalla cultural por la libertad” y que hay que compensar el poder acumulado en el sistema psiquiátrico con algún contrapoder, señalando el del colectivo de personas psiquiatrizadas. La contralocura, pienso yo. Verdadera antipsicosis de la realidad enloquecedora que vivimos.

A partir de ahí se destapan poco a poco realidades. El lenguaje es como un prestidigitador, crea y hace desaparecer realidades, las transforma. El eufemismo ayuda a suavizar la violencia, incluso parece hacerla desaparecer si uno no se para a pensar y a a sentir lo que ocurre.

Franco y Giovanna hablan del recorrido que han hecho ese día por dispositivos de Madrid, están francamente asombrados positivamente del avance. Algún pecho parece inflarse de orgullo pero la grieta sigue abierta y alguien señala como un golpe que los manicomios siguen existiendo, pero no sólo simbólicamente, sino manicomios manicomios, “como por ejemplo Cienpozuelos, aquí en Madrid”.

La involuntariedad y la violencia coercitiva de la psiquiatría también se disfrazan con nombres y siglas en Italia, TSO (Tratamiento Sanitario Involuntario). Surgen voces denunciando la violencia misma de los diagnósticos psiquiátricos, del lenguaje literalmente asesino de vidas humanas, de subjetividades atenazadas, redistribuidas y manipuladas como objetos dentro del sistema psiquiátrico. La psiquiatría como instrumento de control social aparece desnudo ante nosotras. Tan nítido como perverso.

A medida que surgen voces críticas con el sistema, el silencio de los profesionales se hace más denso, más palpable. Yo estoy callado, paralizado ante tanta verdad, y a la vez con un gozo interno indescriptible, sintiendo que por fin las voces silenciadas van teniendo espacios y lugares donde precipitarse y disparar sus balas certeras sobre un sistema que allí, está callado.

Giovanna trae una historia personal de un proceso institucional al que la invitaron a participar para cambiar toda una región que se encargaba de atender la salud mental de una parte de Italia. Proyecto que se ve golpeado por la muerte violenta de una persona en contención mecánica durante días seguidos. Nadie del equipo la informa, descubre que son rutinas habituales a las cuales todos están acostumbrados. Nos cuenta que no es capaz de soportar eso y que renuncia a su cargo, la empresa le resulta demasiado enloquecedora y dolorosa. Pero…después de hablar y sopesar, se embarca en la batalla. En tan solo tres años, se eliminan por completo las contenciones mecánicas de ese lugar. Totalmente.

Me quedo impactado. En este país donde vivo no existe, que yo sepa, ningún lugar donde eso se haya hecho. Plantearlo ya supone un sinfín de respuestas variadas, desde la negación más absoluta de su posibilidad hasta discursos éticos cargados de grandes intenciones pero una más larga lista de impedimentos que retrasan su puesta en marcha.

Desde las instituciones y políticas (la burrocracia que seguimos sosteniendo), se ven obligadas a poner en sus agendas temas de derechos humanos y señalar la importancia de tender hacia las contenciones cero, con planes a largo plazo (por ejemplo El Pla Integral de Salut Mental i Adiccions 2017-2019, recién aprobado en el Parlament de Catalunya, establece en su línea 3 la importancia de los derechos humanos y la necesidad de humanizar los espacios asistenciales y hay un objetivo concreto, el 3.2.1  que se propone generar un proceso de reflexión ya análisis para reducir en número de contenciones y trabajar en la elaboración de una estrategia de contención cero…).

Pero nadie dice basta ya. Todo se queda en documentos, palabras, entornos de reflexión…Hay experiencias en diferentes países donde eso se ha conseguido en menos de 5 años. Es posible. Es real. Recuerdo a una de las personas que había liderado uno de esos proyectos en Suiza, Thomas Emmenegger (Jornadas y documentación), y el impacto que dejó en mi saber que en 5 años habían eliminado las contenciones y que no hacía falta pensárselo tanto tiempo ni reflexionar, que había que actuar, y que mientras no hacíamos nada más que hablar y crear documentos y espacios de reflexión, se estaba maltratando, torturando, a personas, cada día, en espacios supuestamente sanitarios y de salud.

Vuelvo a Giovanna, una voz explica su experiencia de cómo trabajan en Trieste después de pasar un tiempo allí con ellos. Yo sigo impactado.

La cotidianeidad de la violencia me remueve. Los silencios de los profesionales ocultan muchas cosas. Demasiadas.

Está la violencia directamente oculta: atar a las personas a las camas, encerrarlas y drogarlas en contra de su voluntad, realizar diariamente electroshocks a personas sin una clara información de lo que supone y sin alternativas reales sobre las que decidir libremente…

Y están las violencias ocultas por cotidianas: los mismos diagnósticos, la falta de escucha y de presencia humana, la coerción mental que supone ejercer el poder y el saber sobre el otro amparado en un supuesto conocimiento y en un rol, la coerción química a la que se someten a los cuerpos, el robo que se produce de la propia autogestión de la salud en contextos sanitarios medicalizantes, que juegan a ser dios con nuestro miedo a la muerte y la locura. Suena una voz en el ágora: “Te tratan como si fueras un tonto”.

Giovanna sigue insistiendo en la comunidad: “Sacar el debate a la comunidad y buscar alianzas fuera”. Así transformaron el sistema; así lo siguen haciendo. “Hay que cabalgar la contradicción y seguir empujándola hacia adelante”.
“¿Qué tiene que pasar para que se abra el debate y se emprenda seriamente un cambio ?¿Tienen que morir personas?¿Qué tiene que pasar para romper el silencio?”. Sale como un látigo en el aire, realidades que ya no hay quien esconda:

– Hace algo más de un mes una persona muere en A Coruña durante una contención mecánica. No hay información. Desde medios de comunicación, asociaciones profesionales, lo que más sorprende es el silencio. No sabemos nada todavía…

– El 28 de febrero de este año aparece una noticia en medios de comunicación: un psiquiatra de Alcalá de Henares se suicida después de haber sido acusado de abusar sexualmente de pacientes dentro de su consulta. Sin respuestas institucionales claras, sin explicaciones. Más silencio.

El silencio en el grupo se hace más presente porque hay responsables de la institución y de asociaciones profesionales de lugares como Alcalá de Henares, donde se produjeron hechos como los que brotan en el Ágora.

El Ágora despierta en toda su potencia. Allá donde nos reunimos juntas para buscar la verdad, surge la verdad. Más allá de la lucha de palabras y buenas intenciones, de los documentos y burocracias que alargan la agonía de lo que ha de morir, están las verdades presentes en las palabras, las palabras presentes en los cuerpos, y los cuerpos presentes en las Ágoras, símbolos de la colectividad que recupera su lugar en lo social.

Nos invitan desde Italia a saber señalar también las cosas valiosas, lo que se ha hecho y se hace bien. Yo entiendo su mensaje, conciliador y con ánimo de construir juntos el cambio. En el fondo siento que casi todas las personas hacemos lo que podemos como podemos. Pero parece que eso no es suficiente. Algo falla. Sobre todo cuando cada día se vulneran los derechos humanos fundamentales de las personas en nombre de la salud y de la ciencia.

Hay nuevos manicomios, violencias que se ocultan y se disfrazan constantemente, y los más ocultos manicomios que todos llevamos dentro. “Hay que desenmascarar la violencia bajo sus nuevas máscaras…Una y otra vez, una y otra vez”.

También hay nuevos caminos y nuevos lugares para esta lucha. Ágoras como actos de transgresión. Transgresión de los silencios, que retumban, a punto de explotar.

Me siento agradecido de haber vivido esta parte de la historia y haber podido sentir que la lucha tiene su continuidad. Ahora estamos aquí. Aquí y ahora.

Giovanna lanza una pregunta para el camino que nos queda: ¿Qué vamos a hacer, juntas?

Abrámos Ágoras. Rompamos el silencio: No estamos solas.

 

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